Este artículo fue publicado originalmente en Fika.
Hoy quiero compartir una reflexión sobre una de esas ideas que he tenido mientras me duchaba.
Estaba divagando sobre el valor del conocimiento, su transferencia y reutilización.
El ciclo del conocimiento es relativamente sencillo: se adquiere (vía experiencia o por comunicación), se asimila, generando nuevo conocimiento, y se transfiere.
Los humanos primitivos, el conocimiento se adquiría en base a las experiencias vividas y a la genética (muchos miedos “irracionales” son fruto de ese conocimiento genético); sin lenguaje más o menos formal, la transferencia de conocimiento era lenta y estaba limitada a los congéneres cercanos, y el riesgo de perder ese conocimiento era alto, ya que la redundancia de la información estaba limitada a unos pocos congéneres.
La comunicación escrita, empezando en las pinturas rupestres, permitió extender ese conocimiento en el tiempo y con menos pérdida de información debido a la interpretación.
El lenguaje formal, la escritura, y posteriormente la imprenta, permitieron almacenar y difundir ese conocimiento a todos los rincones del mundo y asegurar la redundancia y la inmutabilidad en la transferencia.
El telégrafo, la radio, el teléfono y más tarde internet, aumentaron exponencialmente la velocidad de transmisión.
Y después de toda esta parrafada viene mi reflexión:
Cuanto más conocimiento es necesario para el día a día, más esfuerzo requiere transmitirlo y sobre todo adquirirlo. Piensa en todos los años que has dedicado a tu formación, en el colegio, instituto, universidad, y tiempo de vida en el que el conocimiento académico se ve enriquecido por las experiencias vitales.
Ahora intenta valorar en coste todo eso, el precio de los libros, matrículas, transporte, alojamiento, comida, todo lo que implica… ese valor no es poco.
Al final la forma de recuperar esa “inversión” que hicieron nuestros padres y nosotros mismos, es alquilar ese conocimiento mensualmente en un trabajo.
Nosotros ponemos a disposición de la empresa para la que trabajamos todo ese conocimiento y experiencia, no de forma directa, sino para realizar tareas, resolver problemas, etc., a cambio de una “licencia” de uso mensual que llamamos salario.
Con la llegada de la IA, el tiempo necesario para absorber e interiorizar un conocimiento se ha reducido muchísimo, y si somos capaces de plasmar de una forma estructurada nuestro conocimiento (esto es, el conocimiento adquirido de otros, sumado a nuestras experiencias y al nuevo conocimiento creado), cualquier agente podría aplicar ese conocimiento al hacer la tarea de “procesador” que nosotros hacíamos antes.
Y este es un cambio importante en el paradigma, y sin entrar a valorar si una IA puede reemplazar realmente la labor de un humano o es una herramienta o palanca más de la que disponemos para facilitarnos el trabajo y que podamos centrarnos en el valor, mi reflexión es que el precio por el cual vendemos ese conocimiento ahora no debería ser el mismo que la “licencia de uso mensual” ya que al plasmar ese conocimiento y nuestra forma de usarlo por escrito, realmente, solo se nos necesitaría una vez, de forma limitada y solo para transferir ese conocimiento y permitir que luego ya se aplique “solo”, impidiendo así que rentabilicemos nuestra inversión.
Esto debería tener otro tipo de “licencia”.
Haciendo un símil, no puede costar lo mismo pagar para que nos hagan la copia de una llave que la máquina de hacer las copias y las instrucciones para usarla.
Tenemos que ser capaces de valorar lo que sabemos y conocemos, porque aunque pueda parecer simple o trivial, no lo es y si lo parece es gracias a todo el esfuerzo y trabajo anterior.
Sergio Carracedo